Instituto de Estudios de las Finanzas Públicas Americanas

Comercio internacional

 

Las consecuencias para Argentina de la guerra comercial entre China y EE.UU.

 

Escalada peligrosa. El gobierno de Donald Trump impuso sanciones a las exportaciones chinas a los EE.UU. Y China respondió. Los riesgos para el comercio internacional si este conflicto se agrava.

 

Por José Siaba Serrate, Diario Clarín, domingo 15 de julio de 2018

 

Si por la Argentina fuera, la guerra de comercio debería abortarse ya. Se está a tiempo, antes que pase a mayores y abandone la escala piloto. Los perjuicios son muchos. Algunos visibles, como la caída vertical del precio de la soja, en los mínimos de nueve años, un rehén de Beijing en represalia por el aumento unilateral de aranceles que dispuso Washington (aunque detrás de la merma también operan factores de oferta). Otros, no menos dañinos, son invisibles. La inversión basada en las ventajas del comercio se retrae en todo el mundo, y juega en contra de los deseos, siquiera, de una garúa de capitales. Y la factura crece con la mera preservación de la incertidumbre.

Conste que la Argentina salió bien parada del capítulo reciente que más podía dañarla. En abril el presidente Donald Trump anunció aranceles sobre el acero (a la tasa de 25%) y el aluminio (10%), dos de los pocos sectores industriales en los que el país desarrolló capacidad exportadora, y con presencia activa en dicho mercado. A diferencia de la Unión Europea, cuya exención transitoria se canceló, la Argentina quedó eximida de forma permanente. No obstante la buena noticia, ¿qué nuevas inversiones, qué ampliación de capacidad, cabe esperar? Si se probara necesario, ¿cómo competir con un proyecto idéntico pero localizado dentro de los Estados Unidos (a salvo de los vaivenes proteccionistas)? En definitiva, ¿cómo insertarse en el mundo si el comercio se repliega o encierra en compartimentos estancos? En el corto plazo, sin acceso a los mercados de capitales, y con la urgencia por achicar el déficit de cuenta corriente, nada más inoportuno que una refriega que detenga la locomotora del comercio. Si estuviera en manos de la Argentina, evitarlo sería prioridad. No lo está, aunque presida el G20 y pueda ver la trifulca desde una muy buena ubicación. De la misma manera, pese a sus mejores esfuerzos, la Undécima Ministerial de la OMC pasó por Buenos Aires sin progreso, pena ni gloria.

Trump versus China La confrontación comercial es un hecho. En marzo, una investigación del representante comercial de los EE.UU., Robert Lighthizer, confirmó prácticas comerciales desleales en materia de transferencia de tecnología, propiedad intelectual e innovación (en violación de la Sección 301 de la Ley de Comercio de 1974), y fijó un calendario para su remediación o la aplicación de sanciones. No hubo arreglo. Y el viernes 6, Trump avanzó sobre un paquete de 34.000 millones de dólares de importaciones provenientes de China a las que les adosó un derecho de 25%. Beijing replicó en acto espejo. Ojo por ojo. Fue el comienzo formal de la meneada guerra del comercio, todavía una escaramuza de acotado alcance económico pero alta intensidad mediática. Próximamente, otros 16.000 millones de dólares en mercaderías serán gravados de igual modo, y es de presumir la reciprocidad. Pero Trump no se detuvo. En un par de meses, 200.000 millones de dólares de importaciones adicionales serán alcanzados por un gravamen del 10%. Ahí China no podrá seguirle el tren. En 2017 mientras le vendió 505.000 millones de dólares a los Estados Unidos, sólo importó por 130.000 millones (o 170.000, según las estadísticas chinas). “Las guerras de comercio son buenas y se ganan rápido”, tuiteó Trump cuando fue por el acero y el aluminio. No tan rápido. El líder chino Xi Jinping avisó: “En Occidente existe la noción de recibir un golpe y poner la otra mejilla. Nosotros, en cambio, lo devolvemos”. Beijing acompañó el calor de la disputa con una paulatina depreciación del renminbi, que podría acentuarse y neutralizar el efecto de los aranceles en alza. Las compañías estadounidenses operan con subsidiarias en China cuyas ventas internas superan los 300.000 millones de dólares, y podrían servir de blanco. Y así un amplio espectro, desde trabas paraarancelarias hasta el botón nuclear de la liquidación de sus tenencias de bonos estadounidenses ( 1, 7 billones de dólares aproximadamente), cuya mera sugerencia podría provocar un temblor financiero (y forzar a la Fed, hoy embarcada en recortar su hoja de balance, a oficiar de comprador de última instancia). Entretanto, la OMC mira impotente.

¿Se llegará a un extremo? Se pensaba que no, pero Trump cumple su palabra. Entiéndase que cuando eleva aranceles se propina un tiro en los pies. El acero y el aluminio son insumos, y en EE.UU. hay más empleo en las industrias que los utilizan como tales que en las que los fabrican. ¿Tiene sentido aumentar los costos, perjudicar la competitividad, castigar a los consumidores? ¿Qué se gana? La acción de la emblemática US Steel vale hoy 20% menos que en marzo, en la antesala de las hostilidades. ¿Convendrá escalar la disputa? En rigor, ¿vamos a la guerra o a una mesa de negociación “a la Trump”? Steve Bannon, ex estratega presidencial, dice que dentro de cien años nadie recordará otra cosa que si se logró frenar el ascenso de China a la supremacía. Wall Street, que ya convivió pacíficamente con la saga de Corea del Norte, intenta imaginar cómo será el trato. Hay quien trae a colación la guerra de las galaxias que en los ochenta impulsó Ronald Reagan hasta hacer implosionar a la Unión Soviética (para,así, consagrar un mundo unipolar). A decir verdad, los lazos económicos entre China y EE.UU. son tan estrechos que una implosión sería una mutua calamidad. Al final del día, Trump busca lo de siempre: cerrar un buen negocio; no arruinar el comercio, pero sí llevarse una tajada mayor de la torta; y si es posible, una foto con epígrafe antes de votar en noviembre. Claro que juega con fuego, y con dudosa pericia. Y abre tantos frentes que, a ratos, Wall Street se asusta. Pasó en abril —cruzó el umbral de una corrección del 10% a la baja— y esta semana cuando Trump redobló la apuesta.

Wall Street puede esperar; para la Argentina la demora es gravosa. Ya instaló el acuerdo con el FMI y una tregua en el mercado de cambios, y necesitaría cimentar la estabilización financiera con la rúbrica de una recuperación más firme de bonos y acciones que la aleje de lo que todavía es el borde de un abismo.

Nada más contraindicado para su suerte que la aversión al riesgo en los mercados internacionales. La silueta de la guerra del comercio le tapa el sol. Una indefinición que le quita recorrido pero no la libra de su otro karma. Con la inflación en ascenso en EE.UU., y la guerra en veremos, la Fed será tenaz en su empeño de volver a izar las tasas de interés.

 

 
 

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