Instituto de Estudios de las Finanzas Públicas Americanas

 

EN ITALIA, EN TURQUÍA… COMO EN TODAS PARTES

 

El inversionista no vota

 

Por Renaud Lambert y Sylvain Leder*, El DIPLO, EDICIÓN JULIO 2018 | N°229

 

La historia se repite: un gobierno toma decisiones opuestas a los intereses de las finanzas, los mercados amenazan, el poder retrocede, los medios aplauden. Las crisis, política en Italia y financiera en Turquía, demuestran que la razón neoliberal se asemeja cada día más a una soga atada al cuello de los electores.

 

 

Los europeos acaban de redescubrirlo: uno de los actores más influyentes de sus democracias no se preocupa por las urnas. ¿De quién se trata? Del “inversionista”.

En mayo de 2018, el presidente italiano Sergio Mattarella sumergió por un instante a su país en una crisis al rechazar la nominación de Paolo Savona al cargo de ministro de Economía. Este último contaba con el apoyo de los dos partidos encargados de formar un gobierno, La Liga (extrema derecha) y el Movimiento Cinco Estrellas (“antisistema”)… pero no tenía demasiada estima por la Unión Europea. “La designación del ministro de Economía sigue constituyendo un mensaje inmediato de confianza o de alarma para los operadores económicos y financieros”, justificó el Jefe de Estado el 27 de mayo. Y el inversionista valora a la Unión, modelada para multiplicar sus ganancias.

Como el nombre de Savona hacía planear sobre Italia la amenaza de la cólera de los mercados, La Liga y el Movimiento Cinco Estrellas tuvieron que revisar su propuesta. Y, si no lo lograban, precisó el comisario europeo de Presupuesto, Günther Oettinger, los italianos volverían a las urnas adoctrinados: “Los desarrollos para la economía de Italia podrían ser muy drásticos y convertirse en una posible señal para los electores de no inclinarse por los populistas de izquierda y de derecha”. Pero no fue necesario. Menos de una semana más tarde, la coalición propuso un nuevo candidato para el puesto de ministro de Economía, aparentemente más compatible con el proyecto europeo. El euroescéptico Savona se vio relegado a un rol secundario a ojos de los inversionistas, el de ministro de Asuntos Europeos…

Los italianos, ¿habían evitado lo peor o habían exagerado la amenaza? En otras palabras: ¿es posible jugarles una pulseada a los mercados financieros y ganarla? Es lo que intentó recientemente el presidente turco Recep Tayyip Erdogan, durante una escaramuza que resultó muy rica en enseñanzas.

Rendir cuentas

Si imaginamos una escala gradual de la determinación política, el ex presidente François Hollande podría encarnar uno de los polos. Erdogan ocuparía entonces el lado opuesto. Por un lado, la consistencia del flan; por el otro, la firmeza del acero. El Jefe de Estado turco exhibe una resolución poco común: purga de los disidentes, arrestos a discreción, irritabilidad geopolítica. En la panoplia de los movimientos de tropa, el repliegue estratégico no constituye su maniobra preferida. Y, sin embargo, acaba de verse obligado a una retirada humillante sobre la cuestión de las tasas de interés.

Del mismo modo en que el Norte hacia el que apunta la aguja de una brújula estructura el espacio, las tasas de interés practicadas por el banco central de un país –llamadas tasas directoras– organizan el entorno económico. De ellas dependen la mayoría de las demás tasas de interés de la economía, particularmente las que los establecimientos privados establecen para los hogares y las empresas. Cuando el banco central baja su tasa directora, facilita el acceso al crédito, lo que estimula las inversiones de las empresas y el consumo en los hogares, es decir, el conjunto de la actividad. Esta política también puede conducir a una alza de la inflación si el crecimiento del consumo y la inversión no se ve acompañado por un aumento similar de la producción de bienes y servicios sobre el territorio.

Para los inversionistas en divisas, la tasa directora de un banco central permite calcular principalmente los beneficios que pueden esperar de sus inversiones. No obstante, los especuladores prefieren una operación que consiste en endeudarse en una moneda para invertir los fondos prestados en otra divisa con tasas de interés altas (el carry trade). Por ejemplo: a comienzos de junio de 2018, la Reserva Federal estadounidense establece una tasa directora de alrededor del 2%, lo que le permite a un inversionista obtener 1 millón de dólares por un costo de 20.000 dólares anuales. El prestatario puede convertir sus billetes verdes en liras turcas, y beneficiarse con una inversión financiera remunerada sobre la base de la tasa directora turca: 15% (1).

Podríamos preguntarnos cuál es el interés de recompensar de este modo a los turistas del mercado de cambio. En el marco de una economía financiarizada, la operación resulta determinante, porque la afluencia de dólares ofrece uno de los pocos medios para equilibrar las cuentas del país. Las de Turquía sufren un desequilibrio estructural ligado a las necesidades energéticas del país: el petróleo y el gas que consume –y que tiene que importar del exterior– inclina su balanza comercial. En otras palabras, Ankara depende de las divisas acarreadas por los inversionistas.

Como la mayoría de los países emergentes (Sudáfrica, Brasil, Indonesia, etc.), Turquía se encuentra entonces confrontada a exigencias contradictorias. Las de los inversionistas, que no están dispuestos a transigir sobre la amplitud de los beneficios esperados y a los que hay que seducir a través de tasas de interés infladas con anabólicos. Las de la economía productiva, que necesita acceder a créditos lo suficientemente baratos para que no se disparen los costos de producción o para facilitar el consumo de los hogares y el acceso a la vivienda. En otras palabras, una tasa directora reducida, que limite los beneficios de los especuladores…

En este enfrentamiento, los inversionistas suelen contar con un aliado de peso: el propio banco central. El diktat de su “independencia” se impuso a muchos de los países aquí mencionados con el pretexto de quitar la política monetaria –la dirección del valor de la moneda y de las tasas de interés del país– de las manos de los dirigentes políticos que los procesos electorales invitaban con frecuencia a querer satisfacer las necesidades de sus electores, facilitando el acceso al crédito (baja de las tasas de interés) o imprimiendo billetes (aumento de la inflación). Una “deriva demagógica” que los ideólogos neoliberales (monetaristas) –políticamente victoriosos a partir de fines de los años 70– obstaculizaron sometiendo a los bancos centrales independientes… a sus propias preferencias: tasas de interés elevadas y, sobre todo, la lucha contra la inflación que viene a erosionar el valor de los ahorros de los ricos reduciendo el valor de la moneda.

Durante algún tiempo, el Presidente turco había dejado entender que, a sus ojos, la economía turca debía adaptarse a las exigencias de la economía productiva, así como a las del islam, que condena la usura. En otras palabras: reducir la tasa directora. Haciéndose eco de su temor, Financial Times informaba que “los inversionistas extranjeros esperaban que Erdogan aprovechara su visita a Londres [en el mes de mayo de 2018] para tranquilizarlos” (2). Error. El 15 de mayo, el Presidente turco confirmó ante las cámaras de Bloomberg TV que las tasas de interés elevadas constituían según él “la fuente de los problemas, y no su solución” y que una victoria en las elecciones anticipadas del 24 de junio le permitiría retomar el control de la política monetaria del país.

Hasta ese momento, la naturaleza represiva del régimen de Erdogan no les había quitado el sueño a los mercados financieros. Sus declaraciones en Bloomberg TV marcaron “un giro”, según un consultor financiero entrevistado por Financial Times: “Durante mucho tiempo, los inversionistas habían pensado que este gobierno les era favorable” (24 de mayo). Alarmado por la pretensión de un líder político de apoderarse de la herramienta monetaria –una “decisión arbitraria”–, el economista en jefe del diario de la City Martin Wolf lo invitó a “demostrar […] que [podía] dirigir Turquía de manera conveniente” (25 de mayo). “Conveniente”, es decir, en armonía con las preferencias de los inversionistas. “Esto puede molestar a algunos, pero son los que dirigen el Estado quienes rinden cuentas a los ciudadanos”, había declarado Erdogan en Bloomerg TV para justificar una limitación de la independencia de un banco central blindado contra las necesidades de los electores.

El Presidente turco no había terminado su entrevista que la guerra estalló… Ese mismo día, los inversionistas se retiraron del mercado de Estambul, lo que provocó una caída de la lira turca de alrededor del 20% en un mes. Las importaciones se volvieron automáticamente más caras (porque se necesitan más liras para obtener la misma cantidad de dólares), y el costo de la vida se disparó. Por otra parte, la partida de los inversionistas privó a Turquía de los fondos extranjeros que necesita para responder a sus compromisos con el resto del mundo, principalmente sus deudas públicas y privadas (las de las empresas son colosales). A pocas semanas del escrutinio electoral, las nubes se acumulaban peligrosamente. El hombre fuerte de la derecha nacionalista turca cedió: renunció a impedir un primer aumento de la tasa directora del 13,5% al 16,5%, el 24 de mayo, y al 17,75% el 7 de junio.

El poder de la marea

Italia, país miembro de la zona euro, se encuentra menos sometida a las fluctuaciones del mercado cambiario que Turquía. Pero ello no significa que esté protegida contra las exigencias de las finanzas. La carótida que los inversionistas identificaron en sus “socios” europeos para aplicar el filo de su cuchillo lleva el nombre de spread.

A partir de los años 70, y bajo la influencia de los monetaristas, los Estados dejaron de financiarse a través de sus bancos centrales (un mecanismo acusado de potenciar la inflación) y redujeron los impuestos, en particular sobre los ingresos altos. Entonces, obtuvieron la liquidez que necesitaban de los inversionistas emitiendo bonos del Tesoro u “obligaciones”. En síntesis, títulos de la deuda de Estado. Estos títulos se intercambian de dos maneras distintas. En el mercado primario, el Estado “emite” sus obligaciones, que conllevan un precio y una tasa de interés. El precio corresponde al monto prestado y la tasa de interés fija la remuneración. Por un precio de 100 euros, una tasa de interés del 3% ofrece una ganancia, llamada “cupón”, de 3 euros por año.

Pero son escasos los inversionistas que desean conservar los títulos hasta su madurez (entre dos y cincuenta años según los títulos). El cambio antes del vencimiento se efectúa en el mercado secundario. Cuando una obligación de Estado es muy solicitada, el título adquiere valor: de un precio de emisión de 100 euros, pasa a un valor de 150 por ejemplo. En el caso contrario, se devalúa. El cupón, por su parte, no varía. En cambio, corresponde a un porcentaje variable del nuevo precio: 3 euros representaban el 3% de 100 euros; si el título cae a 60 euros, el mismo cupón de 3 euros representa el 5% del precio. Se habla entonces de una variación de la tasa de interés: si aumenta, es porque el título se ve desdeñado.

Con el fin de medir el atractivo de diferentes obligaciones, los inversionistas las comparan a todas con títulos similares, considerados “fuertes” porque no conllevan riesgo. En el ámbito de la deuda europea, se comparan entonces las tasas de interés de diferentes títulos con los emitidos por Alemania, país considerado como el más solvente. Cuanto más aumentan las tasas de interés de los títulos italianos, más divergencia presentan con las obligaciones alemanas: entre ambas deudas, la diferencia, que también se mide en porcentaje, crece. En inglés, esa diferencia se denomina spread… y el inversionista habla inglés. En otros términos, cuanto más se eleva el spread, las tasas de interés practicadas en el mercado primario, durante la emisión de nuevas deudas, tendrán que ser más elevadas, para que los inversionistas no abandonen las nuevas obligaciones y se inclinen por las que circulan en el mercado secundario.

Entre abril y mayo de 2018, el spread italiano (la diferencia entre las tasas de interés exigidas por los inversionistas para comprar títulos emitidos a diez años por Berlín y Roma) se duplicó. Ahora bien, Italia tiene un endeudamiento importante, superior al 130% del Producto Interno Bruto (PIB). Como, al igual que los demás, el país no está en condiciones de pagar al contado semejantes sumas, debe proceder a la “renovación” de la deuda: emitir regularmente nuevos títulos para pagarles a los compradores anteriores. El crecimiento del spread resulta entonces lo suficientemente costoso como para convencer a las elites políticas de apaciguar a los mercados lo más rápido posible.

En un editorial del 24 de mayo, Financial Times se regocijaba con la decisión del Presidente turco “de abdicar”: “Recep Tayyip Erdogan […] acaba de recibir una dolorosa lección que ya había enseñado el Rey Canuto el Grande, soberano de Inglaterra en el siglo XI. Cuentan que este último se sentaba ante la marea creciente para mostrarles a los sicofantes que lo rodeaban que no reinaba sobre el mar. Del mismo modo, Erdogan acaba de aprender que la marea de las finanzas globalizadas no se someterá a su poder”. Al verse confrontado a semejante fuerza, “todo dirigente político prudente adapta su política”.

“Siempre y cuando no contemple poner término al financiamiento del Estado en los mercados”, tendrían que haber agregado. Por el momento, este proyecto aún no ha sido considerado ni por La Liga ni por el Movimiento Cinco Estrellas, ni por la derecha nacionalista turca. Lo que no significa que los mercados hayan logrado imponer siempre sus puntos de vista: el presidente estadounidense Richard Nixon, por ejemplo, consiguió resistir en 1971 cuando decidió suspender la convertibilidad del dólar en oro. Algo que era posible ayer, lo sigue siendo hoy y otras fuerzas políticas –progresistas, por ejemplo– podrían recuperar cierta ambición en este campo. Pero liberar a la democracia del poder de los inversionistas implicará iniciar un conflicto de una inusitada violencia, del que será necesario medir sus implicancias. Antes de prepararse… 

1. A la cual conviene siempre restarle el nivel de inflación y el costo de cambio.

2. Laura Pitel, Benedict Mander, Jonathan Wheatley y Roger Blitz, “Turkish lira leads broad sell-off in emerging market currencies!”, Financial Times, Londres, 15-5-18.

 

* Respectivamente: Jefe de redacción adjunto de Le Monde diplomatique, París, / Profesor de Ciencias Económicas y Sociales (SES), participó en la coordinación del Atlas de Economía Crítica de Le Monde diplomatique, Capital intelectual, Buenos Aires, 2018.

Traducción: María Julia Zaparart

Artículo original Aquí

 

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