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  • Las rebajas de impuestos a los ricos no resuelven nada

Por qué las rebajas de impuestos a los ricos no resuelven nada

 

Por Joseph Stiglitiz, Clarín, Economía, Domingo  6 de agosto de 2017

 

Aunque los plutócratas de derecha de Estados Unidos disientan sobre cómo clasificar los principales problemas del país –por ejemplo la desigualdad, el crecimiento lento, la baja productividad, la adicción a los opioides, las escuelas pobres y el deterioro de la infraestructura- la solución es siempre la misma: impuestos más bajos y desregulación, para “incentivar” a los inversores y “liberar” la economía. El presidente Donald Trump cuenta con este paquete para que Estados Unidos vuelva a ser grande.

Esto no sucederá, porque ese paquete nunca lo logró. Cuando el presidente Ronald Reagan intentó aplicarlo en los años 80, adujo que los ingresos fiscales aumentarían. Por el contrario, el crecimiento se desaceleró, los ingresos impositivos cayeron y los trabajadores sufrieron. Los grandes ganadores en términos relativos fueron las corporaciones y los ricos, quienes se beneficiaron de la fuerte reducción de las tasas tributarias.

Trump aún tiene que promover una propuesta impositiva específica. Pero, a diferencia del enfoque de su gobierno frente a la legislación de salud, la falta de transparencia no lo ayudará. Si bien muchos de los 32 millones de personas que, según se estima, perderán su seguro de salud bajo la actual propuesta todavía no saben lo que se viene, eso no es cierto en el caso de las compañías que saldrán perdiendo con la reforma tributaria de Trump.

Y aquí está el dilema de Trump. Su reforma fiscal debe ser neutral en cuanto a los ingresos. Ese es un imperativo político: en momentos en que las corporaciones están sentadas sobre billones de dólares en efectivo mientras que los ciudadanos comunes de Estados Unidos están sufriendo, reducir la cantidad promedio de impuestos a las empresas sería inadmisible, y más aún si se le bajase los impuestos al sector financiero, que desencadenó la crisis de 2008 y nunca pagó por el perjuicio económico que causó. Además, los procedimientos del Senado determinan que para promulgar una reforma fiscal por mayoría simple, en vez de hacerlo por la mayoría calificada de tres quintos requerida para acabar con las maniobras dilatorias a las que apelarán casi con seguridad los opositores demócratas, es necesario que la reforma no afecte al presupuesto durante diez años.

Este requisito significa que los ingresos fiscales promedio de las empresas deben permanecer iguales, lo que implica que habrá ganadores y perdedores: algunos pagarán menos de lo que pagan hoy, y otros pagarán más. Uno podría eludir esto en el caso del impuesto al ingreso personal, porque aun cuando los perdedores se den cuenta de ello, no están lo suficientemente organizados. En cambio, hasta las pequeñas empresas de Estados Unidos hacen lobby en el Congreso.

La mayoría de los economistas coincidirían en que la actual estructura fiscal estadounidense es ineficiente e injusta. Algunas firmas pagan una tasa mucho más alta que otras. Quizás las empresas innovadoras que crean puestos de trabajos deberían ser recompensadas, en parte, con una rebaja tributaria. Pero la única vía para obtener exenciones fiscales parece ser la efectividad de las peticiones de los lobbistas.

Uno de los problemas más importantes tiene que ver con la tributación de las empresas estadounidenses en concepto de los ingresos obtenidos en el extranjero. Los demócratas creen que, como las corporaciones estadounidenses, dondequiera que operen, se benefician del imperio de la ley y el poder de Estados Unidos para asegurarse de que no se las maltrate (generalmente a través de las garantías de un tratado), tienen que pagar por estas y otras ventajas. Pero muchas empresas de Estados Unidos carecen de un sentido fuertemente arraigado de justicia y reciprocidad, y mucho menos de lealtad nacional, y responden amenazando con trasladar sus sedes a otros países.

Los republicanos, en parte por lo delicado de esta amenaza, apoyan un sistema tributario territorial, como el que se utiliza en la mayoría de los países: los gravámenes deben ser impuestos a la actividad económica únicamente en el país donde tenga lugar. La preocupación es que, después de imponer una tasa única a las ganancias no gravadas que las empresas estadounidenses tienen en el exterior, introducir un sistema territorial genere una pérdida fiscal.

Para contrarrestar esto, Paul Ryan, presidente de la Cámara de Representantes de Estados Unidos, propuso agregar un tributo a las importaciones netas (importaciones menos exportaciones). Dado que las importaciones netas llevan a la destrucción de empleos, deberían ser desalentadas. Al mismo tiempo, si las importaciones netas estadounidenses son tan altas como hoy, el impuesto generaría enormes ingresos.

Pero ahí está el problema: el dinero debe salir del bolsillo de alguien. Los precios de las importaciones subirán. Los consumidores de ropa barata proveniente de China se verán perjudicados. Para el equipo de Trump, eso es un daño colateral, el precio inevitable que se debe pagar para darles más dinero a los plutócratas estadounidenses. Pero minoristas como Walmart, y no sólo sus clientes, son también parte del daño colateral. Walmart lo sabe, y no dejará que ocurra.

Ganadores y perdedores

Otras reformas de impuestos a las empresas podrían tener sentido, pero también implican ganadores y perdedores. Y siempre que los perdedores sean numerosos y estén suficientemente organizados, es probable que tengan el poder de frenar la reforma.

Un presidente políticamente astuto que comprendiese profundamente la economía y la política de la reforma fiscal para las corporaciones podría lograr que el Congreso aprobase un paquete de reformas que tuviese sentido. Trump no es ese líder. Si se llega a una reforma tributaria corporativa, será una mezcolanza negociada a puertas cerradas. Más probable es un recorte de los impuestos generalizado y simbólico: los perdedores serán las generaciones futuras, por culpa de los cabildeos de los poderosos de hoy, llenos de codicia, entre cuyos máximos exponentes se cuentan quienes deben sus fortunas a actividades despreciables, como los juegos de apuestas.

Lo sórdido de todo esto será endulzado con la trillada aseveración de que bajar los impuestos estimula el crecimiento. Esta afirmación simplemente no tiene ningún sustento teórico ni empírico, especialmente en países como Estados Unidos, donde la mayoría de las inversiones (en los márgenes) se financian con deuda y los intereses son deducibles de impuestos. El retorno marginal y el costo marginal se reducen proporcionalmente, con lo que la inversión casi no sufre cambios. De hecho, un análisis más detenido, que contempla la depreciación acelerada y los efectos de compartir el riesgo, revela que la reducción del nivel de tributación probablemente reduzca la inversión. Los países pequeños son la única excepción, porque pueden perseguir políticas que saquen ventaja atrayendo hacia sí a empresas establecidas en países vecinos. Pero el crecimiento mundial se mantiene prácticamente invariable –los efectos distributivos en realidad impiden un poco ese crecimiento– ya que uno gana a expensas de otro que pierde. (Y esto supone que el otro no responda y fomente una carrera hacia el abismo.) En un país con tantos problemas –en especial, el de la desigualdad– los recortes fiscales a las corporaciones ricas no resolverán ninguno de los problemas. Esta es una lección para todos los países que contemplan las reducciones de impuestos a las grandes empresas, incluso para aquellos países sin la mala suerte de estar liderados por un plutócrata cobarde e inexperto.

Traducción: Susana Manghi​

 

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